Diario de viaje: Marruecos

Escrita por: Rodri

Dicen que leer también es una forma de viajar, que la lectura te transporta a otros lugares y otros mundos. Por eso, relatamos nuestros viajes como diarios, describiendo los paisajes que contemplamos y las sensaciones que vivimos, los olores, los colores… para que tú también puedas vivirlos desde el otro lado de la pantalla.

Estos diarios te resultarán útiles si estás pensando en viajar al mismo sitio que nosotros, pero también disfrutarás leyendo nuestras aventuras si todavía no te has animado a viajar a nuestro destino. ¿Quién sabe? Quizás lo hagas después de leernos.

¿Nos acompañas en nuestra aventura?

DÍA 1 – PISANDO ÁFRICA

 Llegamos a Marrakech después de apenas un par de horas de vuelo desde el aeropuerto de Santander. Era la primera vez en nuestras vidas que íbamos a pisar territorio africano, así que estábamos deseando saltar del avión.

Pudimos comprobar ya desde un primer momento lo que ya sabíamos de nuestro país vecino: hace MUCHO calor (visitar África en verano es lo que tiene). Podemos decir que incluso tuvimos suerte, ya que nos dejaron a pie de pista a última hora de la tarde con todo lo que eso conlleva. Marruecos nos recibió con un precioso atardecer que obligó a todo el pasaje a abandonar sus maletas y empezar a sacar fotos. ¡Nosotros no íbamos a ser menos!

Después de un largo deambular por la terminal y de pasar los controles pertinentes, conseguimos hacernos con las tarjetas SIM marroquíes para nuestros móviles. Eso sí, el mío decidió por su cuenta que se iba a morir en los días venideros así que no quería saber nada del tema.

Un transporte privado nos esperaba a la salida para llevarnos a nuestro alojamiento en la Medina de Marrakech, el Riad Dar Ten. Como está prohibida la circulación por el interior de la Medina, un hombre con un carro destartalado nos llevó el equipaje guiándonos por un laberinto de callejuelas hasta llegar al riad. Estaba oscuro, nunca habíamos estado en un sitio así y la verdad que como primera impresión… pues eso, impresiona bastante.

Hablar del Riad Dar Ten podría dar perfectamente para un post entero. Es un lugar increíble, donde el tiempo parece detenerse para transportarte a otra época. En el mismo centro de Marrakech, cuenta con unas instalaciones muy cuidadas y algo que nos pareció imposible… silencio. No se escuchaba nada ni siquiera desde el patio central, solo silencio y puede que algún pájaro. El maravilloso personal nos ofreció un té con menta y no pudimos decir que no antes de irnos a la habitación para un merecido descanso. Al día siguiente empezaba la aventura y yo me pasaría la noche preguntándome por qué no había puertas en los cuartos de baño.

DÍA 2 – ¡NOS VAMOS AL SAHARA!

 Toca madrugar. Nuestro conductor, Abdellah (Abdul para los amigos), nos recogería a las 8 de la mañana para salir en dirección al desierto en un tour de 3 días. Nos vimos obligados a pedirle al chico del riad que nos preparase el desayuno antes del horario habitual y, menos mal, accedió sin problema. Claramente en ese momento él no sabía que estaba sentando un precedente.

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Abdellah llego mucho antes de lo previsto. Su todoterreno prácticamente nuevo, de tan solo unos meses, nos esperaba fuera de la Medina. Aunque, eso sí, él intentase hacernos creer en un principio que su coche era un cacharro blanco y sucio cuyos días de gloria habían pasado claramente hacía milenios… Esa fue la primera de sus muchas bromas a lo largo del camino. No podría habernos tocado un guía mejor.

Salimos de Marrakech en dirección al Alto Atlas, una cordillera que atraviesa Marruecos y que recibe a muchos turistas en busca de una experiencia diferente. Trekkings de varios días, excursiones visitando auténticos pueblos bereber e incluso la posibilidad de practicar deportes de invierno en la época adecuada. La carretera era estrecha y sinuosa y la conducción de los marroquíes no invita a pensar que estás en un lugar seguro, pero la verdad es que lo tienen todo controlado y nunca nos sentimos en peligro en ese sentido.

Nuestra primera parada fue en el Ksar de Ait Ben Haddou, declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. Un “ksar” no es otra cosa que una ciudad fortificada, en este caso formada por murallas y edificios de adobe.

Recorrer sus calles y subir hasta la parte más alta es una experiencia muy bonita, siempre y cuando lleves contigo agua y no te importe sudar un poco. Estás en África, ¿qué esperabas? Aquí, como en todas partes, había niños que se ofrecían a guiarte… a cambio de unos dirhams, por supuesto.

Además, si al igual que nosotros eres fan del séptimo arte, este sitio tiene un atractivo aún mayor. Aquí se rodaron grandes películas como Lawrence de Arabia, La joya del Nilo, Gladiator, e incluso más recientemente sirvió de lugar de rodaje de una de las muchas localizaciones de la serie Juego de tronos. No dudamos en darles un repaso a nuestra vuelta para poder identificar lo que hemos visto con nuestros propios ojos.

Dejamos atrás el ksar, pero no avanzamos antes de nuestra próxima parada, esta vez en Ouarzazate. Esta ciudad es muy conocida por ser considerada la entrada al desierto del Sahara. Allí pudimos visitar el kasbah de Taourirt, uno de los más famosos del país. Los “kasbah” vienen a ser grandes edificios de planta cuadrada que tienen, por lo general, una torre en cada una de sus esquinas. Solían ser la vivienda principal de alguna autoridad o familia poderosa de la época. Bajo mi punto de vista vienen a ser un poco el equivalente a los castillos que teníamos en Europa.

Continuamos nuestro camino y las paradas para hacer fotos son constantes. Las vistas del Atlas, de palmerales de grandes dimensiones o simplemente de paisajes que, a nosotros, nos parecían imposibles. Kilómetros de tierra totalmente árida con cauces de ríos completamente secos se veían interrumpidos por líneas de densa vegetación que crecían a las orillas de pequeños ríos y arroyos. Como asturianos, ver tanta tierra y tan poco verde es una cosa que no terminábamos de concebir.

Pasaríamos esa noche en el Valle del Dades, también conocido como el “camino de las mil kasbahs”. Nuestro alojamiento, el Dar Essyaha, era un antiguo refugio bereber rehabilitado situado al borde de un precipicio desde el que se podía contemplar todo el valle.  Abdellah nos habló muy bien del sitio y de la gente que trabajaba allí y no podemos hacer otra cosa que no fuese darle la razón. Todos los trabajadores eran muy jóvenes, hacían su trabajo con eficacia y siempre con buen humor.  Posiblemente uno de los sitios donde mejor nos han tratado.

La decoración es fiel a la historia del lugar. Cada alfombra, cada silla, cada mesa y cada símbolo recuerdan a la historia y costumbres de los bereber. Incluimos en esto la cena; un plato surtido de las especialidades bereber de la zona que, aunque estaba buenísimo, no pudimos terminar por lo mismo de siempre: las cantidades.

Y por fin llegó la hora de un buen merecido descanso. Despedimos nuestro segundo día en Marruecos contemplando desde nuestra terraza la magia del Valle del Dades mientras degustamos otro té con menta, la bebida predilecta de nuestra primera incursión africana.

DÍA 3 – ERG CHEBBI

Empezamos el día, como no, en otra terraza. En esta ocasión se trataba de una especialmente grande y por supuesto tenía vistas al valle. Abdellah, siempre atento, lavaba el coche mientras esperaba que nos uniéramos a él.

Atravesamos Tinerhir para llegar a un lugar que nos enamoró en todos los sentidos: las gargantas del Toudra. Allí, en lo más profundo, entre dos paredes gigantes de piedra que te rodean, se reúne una gran cantidad de gente de las cercanías para disfrutar del río. Donde hay agua, siempre hay gente y pronto nos dimos cuenta de que esa era su “playa”. Unos remojaban los pies en el agua, otros jugaban mientras las familias preparaban su particular picnic en algunas islitas de piedra en mitad del río (si no las había, se las fabricaban). Siguiendo río arriba incluso alguien se había acercado pastoreando sus cabras. Es en ese preciso instante, mirando a tu alrededor, cuando te das cuenta de que algo que tú tienes siempre al alcance de la mano para ellos es un tesoro y que toda la vida se arremolina en torno a la más mínima fuente de agua que se encuentre.

Pronto tuvimos que abandonar el agua para seguir nuestro camino, pero nos habría encantado quedarnos un buen rato más en las gargantas. Podemos decir sin miedo a equivocarnos que se trata de un sitio cuanto menos especial.

A mitad de camino hicimos una parada para comer en un restaurante tradicional. Del lugar poco podemos decir… En un pueblo pequeño cuyo nombre no recuerdo y con razón. Tenían un mapa gigante de la zona a la entrada y, tras preguntarle a Abdellah donde estábamos, casi ni él mismo pudo encontrarlo. Le llevó un buen rato y aún así no conseguía estar seguro del todo. Eso sí, el sitio era maravilloso y pudimos degustar algo que jamás habíamos probado, el tajín de camello.

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Siempre que viajo a otros países intento aprender tanto como puedo de su cultura y costumbres, y eso incluye la gastronomía. No podía irme de allí sin probar este plato. No haberlo probado habría sido un error porque la verdad es que esta buenísimo, posiblemente de lo mejor que he comido durante el viaje. Su sabor es parecido al de la ternera pero un poco más fuerte. Es diferente y merece mucho la pena.

Pero no todo es comer, así que volvemos a la carretera… o lo que queda de ella. El asfalto no tardaría en desaparecer para dejar paso a un desierto de tierra y piedras que hacía que el coche se tambalease constantemente de lado a lado dejando tu espalda como un acordeón. Al cabo de un tiempo, emergen en la distancia las dunas de arena de Erg Chebbi formando posiblemente lo más parecido a un decorado de una película que jamás hemos visto.

Nos dirigimos a Merzouga, al Hotel Yasmina. En la parte de atrás del establecimiento nos recibiría un bereber que esperaba junto a una pequeña caravana de camellos. Nos había tocado compartir viaje con un matrimonio alemán y unas japonesas. Todos subimos a lomos de nuestros nuevos amigos e iniciamos la marcha… excepto el hombre del desierto. Él iba caminando tranquilamente bajo el sol del desierto y así seguiría hasta llegar al campamento hora y media después.

Es difícil explicar el sentimiento que te invade cuando te encuentras en esa situación. Al fin y al cabo estás en un camello atravesando un desierto formado por dunas gigantes de hasta 150 metros. Es algo muy bonito y placentero a la vez que espectacular. Dicen que no se puede escuchar el silencio, pero en ese momento todos lo escuchamos, solo interrumpido por el mínimo sonido que hacen los camellos al aplastar la arena bajo sus patas.

El destino quiso que mi camello se soltara de la caravana y detuviese su marcha. Cuando el bereber vino a nuestro rescate, mi peludo amigo hizo el amago de querer marcharse, pero al final aquel buen hombre pudo cogerlo y atarlo de nuevo junto al resto.

El campamento estaba formado por varias haimas y bastantes alfombras que ayudaban a la hora de caminar para no hundirse en la arena. Apenas llevábamos unos minutos allí cuando decidimos subir a la cima de una de las dunas gigantes para intentar ver el atardecer. Los bereber nos aconsejaron por donde ir para que fuera más sencillo, pero pronto comprenderíamos que una duna de Erg Chebbi no es un obstáculo precisamente fácil de ascender.

La duna cada vez se volvía más vertical, los pies se hundían en la arena hasta tal punto que en ocasiones terminabas en la misma posición en la que habías iniciado el paso. A día de hoy sigo teniendo la creencia de que si conseguí llegar al punto más alto fue gracias a las zonas de arena más compacta que facilitaban y mucho el ascenso. Las paradas para coger aire se volvían cada vez más frecuentes y tuvimos la inteligencia suprema de olvidarnos las botellas de agua en el campamento. Nadia no pudo subir más que hasta la mitad y yo tuve la inconsciencia de querer llegar arriba realizando un esfuerzo como pocos he hecho en la vida.

Cuando llegué a la cima, al punto donde la duna se corta para iniciar el descenso por el otro costado, solo los alemanes estaban allí. La satisfacción que se siente al llegar ahí arriba y contemplar el Sahara hasta donde te alcanza la vista es indescriptible. El alemán, cuyo nombre no recuerdo si ignoro o se me ha olvidado, debió ver cómo llegaba y no tardó en ofrecerme su botella de agua. Sí, estaba hirviendo, pero había que hidratar con algo.

El descenso fue algo mejor. Por el camino me encontré a las japonesas, nunca supe si consiguieron llegar arriba. Cuando me las crucé avanzaban muy lentamente y caminando de espaldas hacia la cima. Ahogadas, sin prisa pero sin calma. Poco más abajo me encontré con Nadia y decidimos volver juntos al campamento. A día de hoy puedo reconocer que el esfuerzo me costó factura y llegué al campamento un poco mareado, pero por aquel entonces no dije nada por no preocuparla…

A la vuelta nos sirvieron un té con menta y una cena demasiado abundante, o por lo menos MUCHO más de lo que esperábamos. Solo queríamos y necesitábamos beber, no comer. Posiblemente sobrasen las tres cuartas partes del total de la comida. Para nuestra sorpresa, uno de los bereber nos preguntó si queríamos beber algo frío y poco después desapareció caminando en la oscuridad del desierto rumbo a suponemos que otro campamento cercano. De todo ese proceso solo podemos decir que cuando volvió a aparecer en aquella oscuridad total venía con Coca Cola debajo del brazo.

No tardaron en sacar sus instrumentos para empezar a interpretar canciones, animando a sus invitados a unirse a ellos ya fuera bailando o tocando a su lado. El baile no es lo mío así que me limité a seguir el ritmo y aplaudir. Ese simple gesto ya me tenía sudando a mares. Al final nos animamos a que nos enseñaran a tocar algunos de sus instrumentos, aunque lo último que esperaba es que un hombre del desierto me pidiese una canción típica española, por ejemplo, la Macarena. ¿En serio había llegado también allí?

Después de la fiesta, todos nos fuimos a nuestras respectivas haimas a pasar la que posiblemente sería a partir de ese momento la noche más calurosa de nuestras vidas. Dicen que en el desierto la temperatura baja considerablemente por la noche y, efectivamente, baja… pero baja de casi 50 a 40 grados. Conseguir dormir era un triunfo y a la vez una necesidad, a las 5:30 había que estar en pie para ver el amanecer.

DÍA 4 – ABANDONANDO EL DESIERTO

Sorprendentemente, todos nos despertamos a tiempo y a las 6:00 ya estábamos montados en nuestros camellos. Tras un pequeño trayecto hicimos una parada para ver el amanecer. Esto, que puede parecer una tontería, es una odisea. Los camellos no se sientan despacio… más bien se tiran al suelo y ya te puedes agarrar con uñas y dientes, sobre todo si no te quieres dejar estos últimos en algún lugar remoto del Sahara.

Eso sí, ver salir el sol entre el mar de dunas de Erg Chebbi es un espectáculo. Solo hay una cosa mala que achacarle, y es que ese era el punto final a nuestra increíble experiencia en el desierto.

El bereber nos dejó en el mismo punto donde nos había recogido el día anterior y en el hotel tuvieron la deferencia de darnos el desayuno y dejarnos una habitación para que pudiéramos ducharnos. Creedme, después de una noche en el desierto no hay nada que se agradezca más que eso. La habitación en cuestión estaba junto a una piscina que nos estaba llamando a gritos, pero no había tiempo para eso. Abdellah nos esperaba en la puerta para advertirnos que hoy iba a ser un día duro. Nos esperaban 9 horas de trayecto en lo que sería nuestra vuelta a Marrakech.

Unos problemas estomacales me complicaron un poco el trayecto pero, a última hora de la tarde, por fin llegamos a Marrakech. Nos despedimos no sin pena de Abdellah y, ahora sí, después de tres días disfrutando de su compañía, nos tocaba comenzar nuestra aventura en solitario por Marruecos.

De vuelta en el Riad Dar Ten nos dieron una nueva habitación. Esta tenía una puerta particularmente pequeñita a la que se accedía por una estrecha escalera en la que, al menos yo, tenía que tener cuidado con la cabeza. Puede parecerlo pero no era para nada molesto, es un lugar con un encanto tan especial que se disfruta a cada paso.

Decidimos ir a cenar a los puestos de la plaza principal de la ciudad, Yamaa el Fna. Su nombre significa “la asamblea de los muertos” y viene aproximadamente del año 1050, ya que era el lugar donde se llevaban a cabo las ejecuciones públicas.

A día de hoy no queda nada de eso. Cada noche es una fiesta que se repite a lo largo del año… actuaciones musicales de diferentes grupos de personas que se congregan allí, el halqa o teatro callejero, bailes, todo tipo de juegos, tatuadores de henna, pequeñas tiendas donde encontrar todo lo imaginable y, por supuesto, los puestos de comida. La verdad es que se come mejor de lo que esperaba y a un precio bastante razonable.

La plaza entera es una fiesta, como una especie de feria donde no pasa el tiempo y cada día se repitiese una y otra vez. La única parte negativa es tener que ver a la gente que pasea pequeños monos encadenados buscando sacar dinero a turistas que quieran hacerse una foto.

DÍA 5 – LAS CASCADAS DE OUZOUZ

 A pesar de que el día anterior habíamos llegado agotados de nuevo al Riad Dar Ten, volvimos a madrugar para salir hacia nuestro próximo objetivo, las cascadas de Ouzoud. Como no podía ser de otra manera tuvimos que volver a pedir que nos sirvieran el desayuno antes de lo normal porque a las 8 pasarían a recogernos. Empezaba a darnos pena hacer madrugar constantemente a ese pobre hombre.

Una furgoneta pasó a recogernos por la plaza Yamaa el Fna, la plaza principal de Marrakech. Después de verla cada noche en todo su esplendor, encontrártela por la mañana es algo que tu cerebro no procesa. La plaza está completamente vacía. Ni rastro de gente, ni de tiendas ni de puestos de comida. Por increíble que parezca, desmontan todo de madrugada y, cuando cae el sol, vuelven a la plaza y preparan todo para una nueva noche. Tengo la firme creencia de que esto en España sería imposible.

La furgoneta fue recogiendo a gente por diferentes puntos y hoteles de Marrakech y, tras media hora, salimos hacia nuestro destino. Las cascadas están aproximadamente a 3 horas de camino desde Marrakech, así que habría que tomárselo con paciencia. Paciencia que nos iba a hacer mucha falta porque, al parecer, llevábamos gente “secuestrada” con nosotros. Me explico.

En su afán por salir de Marrakech cuanto antes, el conductor recogió a una pareja en un hotel que al parecer estaba esperando a que pasaran a recogerlos para otra excursión. Como nadie preguntó nada, ellas se subieron y nos fuimos rápidamente. Después de 20 o 30 minutos de viaje, el conductor recibió una llamada que si bien en su momento no entendimos, no tardamos en darnos cuenta de que nos habíamos dejado a alguien.

Al final, el conductor dio la vuelta, aunque acabó dejando la furgoneta tirada a un lado de un cruce. Se bajó y esperó junto a una señal de tráfico durante un buen rato hasta que llegó un coche que traía a los dos que nos habíamos dejado. Les preguntaron a las “secuestradas” qué querían hacer y al final se vinieron con nosotros… y ya tiene mérito, no sabían ni a dónde iban.

Una vez en nuestro destino, nos asignaron un guía, Ibrahim. Él nos llevó hasta la parte alta de las cascadas donde nos unimos a otro grupo. Impresiona acercarse al borde la montaña y mirar hacia abajo, donde la cascada llega a una pequeña laguna. Son 110 metros de altura, lo que las convierte en las cataratas más altas de toda África, 2 metros más que las cataratas Victoria (quizás más conocidas).

A uno de los lados estaban edificando un gran edificio que todos pensamos que podría tratarse de un hotel pero que, según Ibrahim, resultó ser la nueva residencia del hermano del rey de Marruecos. Ordenó construirla ahí, con sus más de 200 habitaciones, y la obra daba trabajo a casi todo el pueblo.

Avanzamos por un sendero de tierra rodeado de olivos para iniciar el descenso a la parte baja de las cascadas. Cada árbol estaba marcado con un color. Ibrahim nos explicó que cada árbol pertenecía a una familia del pueblo y que por eso los identificaban de esa manera. Cuando un árbol tenía dos colores, significaba que había habido un matrimonio, y ese árbol pertenecía ahora a las dos personas que estaban unidas.

Continuamos el descenso por un camino que quizás a alguien le puede parecer complicado pero la verdad es que no es nada complejo y mucho menos si estás acostumbrado a hacer rutas de montaña. Nuestro guía se detuvo para enseñarnos como son las casas típicas de los bereber y explicarnos como se hace el famoso aceite de argán.

Allí pasamos posiblemente el mayor momento de vergüenza ajena del viaje. En nuestro grupo, formado por gente de varios países (holandeses, ingleses, franceses, argentinos, cubanos, australianos…)  había otras dos parejas de españoles e Ibrahim hablaba en inglés, muy poquito español. Pero eso sí, lo suficiente como para darse cuenta de que los españoles no entendían bien lo que nos estaba explicando y no tardó en mandarlos con el otro guía que sí hablaba nuestro idioma. Nos sentimos un poco avergonzados cuando nos dijo que, ya que también éramos españoles y seguramente no entendíamos inglés, que nos fuésemos con ellos… y le tuvimos que hacer ver que no había problemas con el idioma por nuestra parte.

Llegamos a la parte baja de las cascadas y en parte a mí me recordó un poco a las gargantas del Toudra. La cantidad de vida que se arremolina junto al agua es algo que no podrás ver en todo Marruecos.

Se puede cruzar al otro lado del río saltando por unas piedras pero lo bonito es hacerlo en una especie de barcas que, no solo te cruzan, sino que además te acercan a la cascada. Solo con estar cerca ya te refrescas y, creedme, es algo que se agradece bastante en un día de calor en pleno julio.

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Estar allí, prácticamente debajo, y contemplar las cascadas cayendo hacia ti desde esa altura es una gozada. Solo lamentamos una cosa, y es que Ibrahim nos explicó que en invierno, al haber más caudal de agua, muchas de las paredes por las que ahora no bajaba el agua se convertían en otras cascadas y lo hacían todo mucho más espectacular.

Como todo tiene una parte buena, en esas paredes ahora secas, muchos jóvenes escalaban hasta alturas imposibles para saltar desde allí a la laguna en una espectáculo digno de verse.

Después de un buen rato disfrutando de todo esto, comenzamos el ascenso por el lado opuesto al que habíamos bajado. Aquí el camino ya no era de tierra sino que se trataba de una parte más turística. Una calle en continua pendiente llena de escalones y rodeada por todo tipo de restaurantes, tiendas y terrazas. Llegados a un punto, unos hombres te venden cacahuetes por unos pocos dirhams para que puedas alimentar a unos monos salvajes que viven por allí. Unos son más desconfiados que otros pero si inviertes aunque sean 5 minutos seguro que podrás sacarte una foto con alguno.

Ya solo faltaba rematar el día con una buena comida, así que después de un tajín, unas brochetas, un poco de cuscús y 3 litros de agua helada volvimos a la furgoneta para poner fin a nuestra excursión.

Por la noche, ya en Marrakech, acudimos como siempre a la fiesta perpetua de Yamaa el Fna. Una cena, un tatuaje con henna y a descansar.

DÍA 6 – ESSAOUIRA

Sexto día en el país vecino y sexto madrugón. Prometimos al chico del riad que era la última vez que le hacíamos madrugar más de la cuenta para servirnos el desayuno, aunque no tengo muy claro si nos creyó o no. El caso es que a las 8 de la mañana volvíamos a estar en la plaza de Yamaa el Fna para coger nuestro transporte, esta vez rumbo a la costa.

Repetimos el proceso de recoger a la gente por sus hoteles y, como ya sabíamos lo que había, nos fuimos fijando en que el conductor comprobase que todo el que subía a nuestra furgoneta iba realmente a esa excursión. Todo parecía salir bien y dejamos atrás Marrakech. Lo del día anterior había sido un episodio aislado y esta furgoneta era mucho más cómoda que la del día anterior así que la cosa no podía ir mejor… hasta que se rompió el motor. La furgoneta nos dejó tirados y por suerte conseguimos llegar hasta una estación de servicio donde esperamos a que viniese otro conductor a recogernos para proseguir el viaje. Nos dijeron que serían solo 40 minutos y nos invitaron a un té, pero la broma terminó en más de hora y media de espera.

Pese al retraso, el nuevo conductor se detuvo en uno de los múltiples sitios donde te enseñan cómo se hace el aceite de argán, pero nadie quiso bajarse. Después de horas de trayecto y de espera queríamos llegar a Essaouira. La única parada del camino fue para contemplar el cuanto menos atípico comportamiento de las cabras de la región que se suben a los árboles del argán dejando una estampa de lo más pintoresca.

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Cuando llegamos a Essaouira pudimos comprobar que no tenía nada que ver con el Marruecos que nosotros conocíamos. Debido a su posición privilegiada en la costa del Atlántico, esta ciudad disfruta de una temperatura mucho más agradable que las del interior. Mientras en Marrakech lo normal era rondar los 40 grados aquí no pasábamos de 24 y la brisa fresca te acompañaba por cualquier calle.

La medina de Essaouira es preciosa y, arquitectónicamente, tampoco se parece en nada a lo que habíamos visto. Daba la sensación de estar en un pueblo cualquiera del mediterráneo. Sabíamos que estábamos en Marruecos pero si no perfectamente podríamos haber pensado estar en una isla griega cualquiera. Perderse por la medina de esta ciudad costera merece mucho la pena, no en vano por algo es Patrimonio de la Humanidad de la Unesco desde 2011.

Comimos en una pequeña plazuela con mucho encanto, paseamos por sus calles llenas de tiendas (bastante más baratas que en Marrakech), disfrutamos del mercado y del puerto e incluso dimos un largo paseo por la enorme playa.

Una tarde en Essaouira para nosotros fue un momento de paz y de relax en el camino, después de todo lo andado y el cansancio acumulado que ya empezaba a hacer acto de presencia.

A la vuelta a Marrakech nos encontramos de cara con la realidad y sus 39 grados a última hora de la tarde. El chico del riad Dar Ten no podía entender como no teníamos frío con la temperatura de Essaouira.

Repetimos sitio para cenar en Yamaa el Fna y coincidimos con una pareja. Una chica española y un italiano que nos comentaban que los habían estafado ese mismo día en Marrakech guiándolos a un callejón sin salida para pedirles dinero sin que pudiesen escapar. La verdad es que habíamos escuchado que podían pasar cosas así, pero nos dio la sensación de que más bien no tenían muchas luces porque los engaños eran las típicas cosas que nadie en su sano juicio haría… y hablo de cosas en plan “sígueme a solas y a oscuras por este laberinto de callejones”.

DÍA 7 – MARRAKECH

Llegamos al último día de nuestro viaje y la verdad es que ya iba siendo de hacer una visita a la ciudad que nos había acogido a lo largo de todo este tiempo. Con tanta excursión, no habíamos tenido todavía tiempo de conocer Marrakech, más allá de la plaza de Yamaa el Fna y las calles cercanas.

Fue el primer día que pudimos aprovechar para dormir hasta más de las 7 de la mañana, cosa que nos agradecieron ya que por fin pudieron servirnos el desayuno a una hora normal. Teníamos claro que ese día nos queríamos tomar las cosas con calma, a nuestro ritmo. Un día para disfrutar tranquilamente de lo que Marrakech pudiera ofrecernos.

Conocedores ya de que en la medina es realmente fácil perderse por lo laberíntico de sus calles (que ni Google Maps identifica) nos fabricamos nuestro propio recorrido con las cosas que queríamos ver y la verdad es que salió perfecto. En ningún momento estuvimos perdidos ni desorientados, algo que escuchas continuamente a casi todo el que ha pasado por aquí.

Nuestra primera parada fue la Mezquita Kuotoubia o, como allí la llaman algunos, la hermana de la Giralda. Y la verdad es que sí que tiene cierto parecido. Su nombre significa literalmente “mezquita de los libreros” y se debe a que en sus orígenes tenía numerosos puestos de libros a su alrededor. Es la mezquita más importante de Marrakech y fue una de las más grandes en su día, aunque no se puede visitar por dentro. La entrada está prohibida a los no musulmanes. No obstante sí que se consiguen buenas vistas desde sus jardines.

Nos aventuramos bajo el sol hacia el sur de la medina , una zona que ya desconocíamos por completo, pero conseguimos llegar sin ningún problema a nuestro próximo objetivo, las Tumbas Saadíes.

Por un pasillo más bien estrecho se accede a un jardín cerrado. Allí están enterrados los guerreros y sirvientes de la dinastía saadí. Las tumbas llaman especialmente la atención por lo diferentes que son a las nuestras, adornadas por todo tipo de mosaicos. Destaca el mausoleo principal, donde está enterrado el sultán Ahmad al-Mansur junto a sus hijos en una sala preciosa con columnas de mármol. Normalmente hay cola para acceder a esta sala, pero la espera al sol merece absolutamente la pena, posiblemente uno de los recuerdos más impactantes que me llevo de la visita a Marrakech.

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Nuestra próxima parada era el Palacio El Badii. No estaba lejos pero nos encontramos una calle cortada así que nos dio por pensar que igual se nos complicaba la cosa al tener que desviarnos de nuestro camino y adentrarnos por las callejuelas que tan poco nos gustaban. No por peligrosas sino por lo fácil que era desorientarse. Sin embargo, utilizamos una técnica universal con la cual puedes llegar a cualquier parte siempre que te pierdas. Sigue a las masas de turistas, seguramente van al mismo sitio que tú… y efectivamente, así fue.

Habíamos visto a mucha gente que recomendaba no ir a este palacio porque claro, estaba en ruinas. Por suerte, a nosotros nos gusta la cultura y la historia y lo que para algunos son solo piedras a otros nos encanta.

El tamaño de este palacio es descomunal. Solo en el patio creo que cabría perfectamente un estadio de fútbol y no de los pequeños. Fue construido para conmemorar la victoria sobre los portugueses y su nombre “El Badii” significa “El incomparable”.

Lo único que se conserva en perfecto estado son sus jardines, que los siguen cuidando como el primer día, pero merece la pena darse un paseo para comprobar la grandeza de un palacio que en su momento brilló con luz propia. Para nosotros, su mayor atractivo es que allí se exhibe el “minbar” (púlpito) de la Koutoubia. La entrada se paga aparte pero no es nada caro (10 dírhams/1€) y merece totalmente la pena. Está tallado en madera, tiene un trabajo increíble y se aprecian escrituras grabadas en oro y plata. Varios guardias vigilan la puerta de la sala donde se exhibe y la lástima es que está terminantemente prohibido hacer fotos.

A la salida dimos un paseo por la Place des Ferblantiers, una plaza donde todo lo que venden en las tiendas está hecho de forma artesanal. Allí puedes encontrar todo tipo de lámparas, cada cual más bonita que la anterior. Dan ganas de llevarse unas cuantas pero el problema en estos viajes es donde meterlas. Como nos resultaba imposible llevarlas en las maletas (mochilas en nuestro caso), hablamos con el chico de la tienda y le preguntamos si cabría la posibilidad de contactar con él por mail y que nos pudiese hacer un envío. No tardó nada en sacar una tarjeta de visita para que nos pusiéramos en contacto, así que imagino que es una situación con la que se encuentra a diario.

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Después de tanto paseo ya era mediodía y el sol apretaba como si no hubiera un mañana. Pusimos rumbo al último sitio que queríamos visitar, el Palacio Bahía. Es un palacio relativamente reciente, del siglo XIX si mal no recuerdo, y lo construyeron con la idea en mente de hacer el palacio más impresionante de todos los tiempos.

Posiblemente es el palacio mejor conservado de Marrakech y se pueden visitar todas sus estancias y jardines. Sus suelos, sus techos, sus puertas, sus patios… Allá donde mires todo es sorprendente. Nos quedamos un buen rato visitándolo asegurándonos de no dejarnos nada y, cuando ya habíamos tenido suficiente, nos fuimos en busca de un lugar donde comer algo.

En nuestro itinerario también quisimos incluir una visita a la Madrasa de Ben Youssef, uno de los lugares más espectaculares de Marrakech, pero está cerrada por obras y permanecerá así por lo menos dos años.

Estábamos agotados después de un viaje como este. Nos habíamos pasado una semana recorriendo Marruecos de lado a lado y eso es algo que termina pasado factura, así que decidimos pasar la última tarde disfrutando del impresionante Riad Dar Ten. Tocaba relajarse.

En la planta superior había una terraza con un jacuzzi y unas hamacas donde tumbarnos a leer tranquilamente sin mayor molestia que el piar de algunos pájaros. La casualidad quiso que durante un buen rato coincidiéramos con una modelo de Vogue que estaba haciendo una sesión de fotos. Una idea buenísima, ya que aprovechamos lo que quedaba de tarde para exprimir la cámara al máximo y hacer también nuestra sesión de fotos particular.

Una ducha, una última visita a Yamaa el Fna, el paseo final por las calles de Marrakech que nos habían acompañado durante toda la semana y un sueño plácido.

Era lo que nos quedaba. Dejábamos Marruecos atrás aunque nos acompañase en nuestros recuerdos para siempre. Volvíamos a casa, pero pensando ya en cuál sería el próximo destino.

¿Qué te ha parecido el viaje? ¿Te animas a descubrir Marruecos y sus maravillas secretas? ¡Déjanos un comentario!

Y si quieres que te demos consejitos para viajar a Marruecos, no te pierdas estas dos entradas:

Consejos para viajar a Marruecos (Parte 1)

Consejos para viajar a Marruecos (Parte 2)

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